Monday, October 08, 2007

Muy a su estilo, Jesús Silva-Herzog Márquez parte de una cita de Gonzalo Celorio en su libro México, ciudad de papel para explicar hoy en El Norte cómo Vicente Fox no supo atender la delicada responsabilidad que se le encomendó, traicionó la democracia y arruinó su nombre a base de ineptitud y provocación. Sin treparse al carro de los que festejan la desgracia del ex mandatario, Silva-Herzog se lamenta por la colección de desprestigios que de tanto en tanto acumula nuestra arena pública.

La ruina del prestigio
Sin mucha dificultad puede percibirse en nuestra historia una poderosa afición por las ruinas. Nuestra arquitectura, nuestro trazo urbano -por llamarlo de alguna manera- hace alarde de una continua sucesión de destrucciones. La devastación se colecciona como trofeo y como basamento para la siguiente destrucción. Descartar lo previo, exterminar todos sus rastros, deshacernos de malos recuerdos es motivo de orgullo. Nos liberamos de fardos para despertar frescos para el futuro. Encima del destrozo solemos levantar una edificación efímera que pronto será, también, ruina. La cultura concebida como una cadena de aniquilamientos, no como depósito, transformación y subversión de las herencias. Gonzalo Celorio ha retratado esa afición nuestra por las ruinas en su ensayo sobre la Ciudad de México (México, ciudad de papel, Tusquets, 1997). Ahí escribe: "Así como la ciudad colonial se sobrepuso a la ciudad prehispánica, la que se fue formando en el México independiente acabó con la del Virreinato, y la ciudad posrevolucionaria, que se sigue construyendo todavía, arrasó con la del siglo xix y los primeros años del xx, como si la cultura no fuera cosa de acumulación sino de desplazamiento".Lo que retratan nuestras calles y nuestros edificios no es muy distinto de lo que registra nuestra memoria política. Construir monumentos de ilusión para convertirlos de inmediato en estropicios. Los fastos de las inauguraciones son sólo anticipos de los festejos que organizaremos el día de la demolición. Pienso ahora particularmente de esa edificación moral que es el prestigio público. La estimación colectiva es cosa rara. Entre nosotros no es frecuente que una persona logre atraer respeto en un tiempo tan poco reverencial. Pero de pronto surgen figuras que, más allá de sus orígenes y sus causas concretas, logran atraer la esperanza. Por extrañas combinaciones históricas, por azares de la circunstancia, escapan al club de sus incondicionales y se convierten en depositarios de una amplia aspiración colectiva. Ése fue el caso de Vicente Fox. Tras ganar la elección presidencial en el año 2000 dejó de ser una pieza del silvestre panismo empresarial para convertirse en el emblema de un cambio histórico. Al convertirse en el Presidente de la alternancia recibía una encomienda extraordinaria: le correspondía dar los primeros pasos de un nuevo régimen; le tocaba afirmar el sentido y el valor de un sistema inédito para México. El tiempo lo colocaba ante una delicada responsabilidad. Ernesto Zedillo, su antecesor, había definido ese compromiso: cuidar la casa común.Nada hizo el primer Presidente panista en beneficio de esa casa que compartimos. Sin programa, pero de manera consistente, empleó su poder para destrozar las bases del entendimiento y el marco de confianza que se insinuaba a principios de su administración. Con una constancia digna de mejor motivo, dinamitó todos los puentes del diálogo. Fue incapaz de entender su circunstancia; no se percató de los alcances ni de los límites de su fuerza. No empleó sus herramientas ni supo coordinarlas con los instrumentos de otras instituciones. Derrochó esa oportunidad histórica haciendo gala de incompetencia. Recibió un país impulsado por el orgullo de un cambio tranquilo y civilizado en el que todas las fuerzas políticas habían participado de un modo u otro. Entregó un país atrancado, envuelto en la polarización más aguda de los últimos tiempos.El sexenio de Vicente Fox quedó marcado por la ineptitud y la provocación. Queda el recuerdo de un Presidente que no supo mover al país en ninguna dirección. Queda también el registro del Presidente que no moderó sus impulsos, entregándose de lleno a la más pedestre hostilidad. La sombra que ahora lo persigue es de distinta naturaleza. Hoy no se habla ya de la impericia ni de la imprudencia del Presidente, sino de su deshonestidad. El Presidente bronco podría ofrecer en su descargo la necesidad de desacralizar la institución presidencial; el inepto podría argumentar las dificultades de una democracia inmadura, los obstáculos de oposiciones tercas o los defectos del orden institucional. ¿Qué explicación ofrece a su frívola desatención ética?Vicente Fox ha querido titular su autobiografía (por lo menos su versión en inglés) como La revolución de la esperanza. Su trayectoria pública tiene, en efecto esa marca: la ilusión de un cambio profundo tras las décadas del monopolio. Sin embargo, su participación en la vida política terminó siendo la traición de esa esperanza. En ese ámbito, su vida pública es emblemática: un hombre asciende al poder venciendo enemigos poderosos. Contribuye a dar el paso decisivo y simbólico de nuestra democratización pero termina en el sitio donde han encallado buena parte de sus execrados antecesores: en el foso del desprestigio. Uno más en el montón de los ex presidentes denigrados. Su caída no es motivo de celebración. No me uno a quienes festejan su desgracia. El prestigio podrá ser alimento para la vanidad personal. Un hombre que goza del reconocimiento colectivo podrá vanagloriarse de los aplausos, de los elogios, de los homenajes. Pero, independientemente de que pueda sustentar su engreimiento, el prestigio es un recurso público, más que un patrimonio personal. Se depositará en un personaje que ha cultivado una imagen de servicio y de honorabilidad pero no es su propiedad. Se trata de una especie de encargo colectivo que ha de ser atendido y cuidado. Vicente Fox malgastó ese depósito. No solamente arruinó su gobierno; arruinó su nombre. Nuestra historia reciente sigue siendo una larga colección de desprestigios.

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