Sunday, December 30, 2012

Juicio y beca a Calderón / Elba: gis sin borrador


René Delgado

 Juicio y beca a Calderón
Allá Harvard con su extraña decisión de acoger a un hombre en fuga, un administrador sin brillo en sus ideas y prácticas políticas. Asombra la decisión de la John F. Kennedy School of Government de becar y asilar a Felipe Calderón, un hombre sin dote académica ni práctica en la política. Allá Harvard, aquí ya compartió su conocimiento y experiencia... fue devastador… Siete de cada 10 mexicanos se sienten inseguros. Uno de cada tres hogares reporta, al menos, una víctima de violencia o delito. La captura y abatimiento de grandes líderes criminales fragmentó sus organizaciones en 60 u 80 bandas más violentas y mucho más peligrosas. Más de 10 mil homicidios dolosos se registraron en 2007, más de 22 mil en 2011. El secuestro aumentó 83 por ciento; el robo con violencia 65; la extorsión 40; los delitos sexuales 16; el robo en carretera más de 100 y el robo de vehículos asegurados se duplicó. En total, 10.6 millones de delitos entre 2006 y 2011 y, de ellos, sólo uno de cada 100 se castigó. Se duplicaron los recursos en seguridad y se incrementaron los delitos.
Ese diagnóstico omitió cifras fundamentales pero luego, extraoficialmente, trascendieron. El número de muertos producto de la violencia criminal se estima en 70 mil, 9 mil de ellos sin identificación. Las ejecuciones ocupan el segundo lugar en cuanto a defunciones se refiere. Los desaparecidos se estiman en 25 mil personas (ayer, el Centro de Investigación y Capacitación Propuesta Cívica la fijó en 20 mil 851). Los desplazados por la violencia se calculan en alrededor de 230 mil. Y, desde luego, faltan cifras de lisiados, huérfanos... Resaltar esas cifras no imputa a Felipe Calderón la culpa de esa tragedia, pero sí su responsabilidad al implementar una estrategia que en vez de atemperarla la agravó. Se le dijo también que, con su guerra, lejos de garantizar, conculcaba derechos y libertades fundamentales.
Ojalá Felipe Calderón aproveche su beca y, en vez de enseñar, aprenda a gobernar, aunque sea después de haberlo ensayarlo. Claro, si no es que se ve obligado a afrontar juicios de índole distinta a la política.

Elba: gis sin borrador
Superado el tutelaje político, consolidado el propio liderazgo, ejercido el poder a plenitud, algunos políticos intentan una última hazaña o, si se quiere, una suerte de malabarismo: dar un giro memorable, tentados por la idea de la trascendencia. Con ese acto testamentario, intentan borrar grandes o pequeñas manchas en su biografía e inscribir su nombre en el dintel de la Historia.
Algunos de ellos lo logran. Coronan la hazaña, dan brillo a su nombre y trayectoria hasta alcanzar la estatura de grandes personajes. No es ese el caso de Elba Esther Gordillo. Ella cubrió aquellas condiciones con dos agregados, saboreó más de una venganza y amasó una inconmensurable fortuna, pero ahora resbala sin darse cuenta: va de la cima a la sima, cae de lo más alto a lo más hondo, haciendo de la soberbia el tobogán de su deshonra.
La miel del poder, lejos de empalagar a la lideresa, terminó por convertirse en su obsesión.
Si Carlos Salinas de Gortari la colocó al frente del gremio magisterial y Ernesto Zedillo quiso contener la concentración del poder en ella con la descentralización educativa, Elba Esther Gordillo remontó ese revés durante el foxismo y conoció la gloria con el calderonismo. Supo convertir la organización y la fuerza del gremio en palanca para conservar y expandir su poder a esferas distintas al ámbito natural de su actuación.
El panismo canjeó una política pública por un apoyo político-electoral para acabar por tropezarse con él. La soberbia encontró espacio entonces. Si Vicente Fox y Felipe Calderón le abrían la puerta de Los Pinos sin necesidad de que ella la tocara, el secretario de Educación quedó convertido -dicho en su lenguaje- en su sirviente y la educación en su plumero.
Reyes Tamez fue el caso más patético, cerró como su empleado. Josefina Vázquez Mota sintió cómo las tenazas de la pinza Gordillo-Calderón se cerraban sobre ella, hasta convertirla en la víctima propiciatoria. La enfermedad de Alonso Lujambio fue un lamentable accidente, y el doctor José Ángel Córdova Villalobos, que quería ser gobernador o legislador, terminó de secretario.
Ya no le bastó que allegados y consentidos ocuparan tal o cual dependencia, estas curules o aquellos escaños, si el imperio era de ella por qué no iba a disfrutarlo la familia: la hija, el nieto, el yerno...
La soberbia de la profesora le nubla la vista, le impide ver que ha perdido astucia y escuchar el reclamo ciudadano que, en cierto modo, le viene como anillo al dedo para emprender la hazaña de la trascendencia.
Puede la maestra escribir con gis sus memorias y desafiar al Estado vestida con ropa y accesorios de lujo y gala, sin darse cuenta de que está perdiendo la oportunidad de reivindicar su investidura. Si el peñismo no se apoya en las porciones de la sociedad empeñadas y decididas a rescatar la educación como patrimonio fundamental de la nación y se echa en brazos de la maestra, como sus antecesores, sentirá primero el calor del abrazo y, luego, el sofocamiento previo a la asfixia.

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