
A veces me parece que estamos en el centro de la fiesta
sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie
En el centro de la fiesta está el vacío
Pero en el centro del vacío
hay otra fiesta.
ROBERTO JUARROZ
La opinión de dos que no callan
Este 14 de junio se cumplieron 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges en Ginebra

Me gusta el centro de la ciudad, me gusta la ciudad y me gusta la mañana. Me gustan las mañanas, el centro, la esperanza, la ilusión de que cada día puede ser el comienzo de algo, que se desvanece a medida que el día avanza. Me gusta esa ilusión de cada amanecer, y la cultivo. Esto quiere decir que ahora me gustan los amaneceres y las mañanas.
Yo francamente no deseo el Premio Nobel. Los suecos son muy sensibles. Tienen toda la razón. ¿Quién soy yo para compararme con Neruda, con Kipling, con Bernard Shaw, con Bertrand Russell, con André Gide, con William Faulkner? Nadie, evidentemente. Creo que los suecos están en lo correcto. Además, es una especie de ritual bien establecido. He perdido la cuenta de los años: me prometen el premio cada año, se lo dan a otro y ya sé cómo es la cosa. Es un ritual que se repite a sí mismo. Ahora es un hábito del tiempo.

Qué triste pensar que la única fuerza del gobierno, es la silenciosa desesperación de la gente. ¡Es una calamidad! ¡Ineptos! Quizás yo sea el único argentino que, en caso de que me nombraran dictador, estoy seguro que renuncio inmediatamente y vuelvo a mi casa a soñar en voz alta. Pero aquí parece que hemos perdido el sentido de lo ético y lo único que realmente interesa es especular con el dinero. Una vez me invitaron un grupo de libreros de la ciudad de Rosario a dictar una conferencia, entonces fui a dar una larga charla sobre el libro. Después comimos juntos y uno de estos señores me dijo: ¡Qué lástima que eligiera ese tema, Borges!. Pero, cómo, ¿No son libreros ustedes?, pregunté, a lo que respondió: Bueno, sí, somos libreros, pero lo que realmente nos interesa es la venta de cuadernos y lápices. Eso genera desesperanza y frustración en una sociedad.
* * *
…yo creo que lo mejor sería un país que no precisara de un gobierno. Quizás con el tiempo lleguemos a eso, por el momento, no. Por el momento, el gobierno es un mal necesario, pero lamentablemente en todas partes el Estado cada vez se torna más molesto. Cuando fuimos a Europa en el año 1914, viajamos sin pasaporte y uno pasaba de un país a otro como de una estación a otra. Claro, después de la Primera Guerra Mundial comenzó a desconfiarse... ¡Pero, ahora! ¡Usted no puede salir a la calle sin la cédula o el pasaporte porque el Estado se mete en todo y hasta lo lleva detenido! ¡Es una barbaridad!.
“Un hombre muy pobre se encontró con un viejo amigo que hacía milagros. El primero se quejó amargamente de su pobreza y el otro, para ayudarlo, tocó con su dedo un ladrillo que se convirtió en oro y se lo ofreció. El pobre dijo que eso era muy poco. Luego su amigo tocó una estatua de piedra que también se convirtió en oro y se la dio. El pobre volvió a decir que era muy poco. Entonces su amigo le preguntó: ‘Dime entonces, ¿qué quieres?’ El pobre contestó: ‘Quiero tu dedo’ ”.
Feng Menglong, El insaciable

─ ¿No se puede hacer nada para aligerar el barco?
─ Bueno ─dijo─ ya no tiene mástiles para cortarlos, ni cargamento para tirar… Sin embargo, podría usted tirar al mar a algunos de los pasajeros más voluminosos, si cree que eso serviría de algo.
Era un pensamiento feliz, una genial intuición. Fui rápidamente a la proa, que por hallarse menos sumergida en el agua estaba atestada de gente, agarré por la nuca a un fornido y viejo caballero, lo llevé hasta el pasamanos y lo arrojé por la borda. No tocó el agua: cayó en el ápice de un cono de tiburones que surgieron del mar a su encuentro. Enseguida arrojé a una mujer y lancé un bebé regordete a los vientos feroces. La primera desapareció entre los tiburones, igual que el viejo, y al segundo se lo dividieron las gaviotas.
Narro estas cosas exactamente como ocurrieron. Sería muy fácil hacer una muy buena historia con todo este material: contar, por ejemplo cómo, mientras yo aligeraba el barco, me sentí conmovido por el ánimo generoso de una bellísima joven quien, para salvar la vida de su novio, empujó a su madre hacia donde yo estaba, implorándome que me hiciera cargo de la vieja dama pero que me compadeciera de su querido Henry. Podría continuar divulgando cómo no sólo no me hice cargo de la vieja dama, según la petición de su hija, sino que de inmediato agarré al querido Henry y lo lancé a sotavento lo más lejos que pude. Podría proceder a declarar que, ya apaciguado, me robé el bote grande y, tomando a la bella doncella, me alejé del barco hacia la iglesia de Santa Masacre, en las islas Fiji, donde nos unió un nudo que luego deshice comiéndomela.
Pero de verdad nada de esto ocurrió, y no puedo darme el lujo de ser el primer escritor en contar una mentira sólo para interesar al lector.
Ambrose Bierce, Una colección de naufragios
Cómo construir mayorías en el Legislativo. Una es operar sobre el sistema de partidos. Otra es operar sobre el sistema electoral, es decir, sobre la manera que se traducen votos en escaños. No hay un solo método para construir una mayoría legislativa.
Un presidente que para sacar sus reformas acuda de manera regular al referéndum, haría prácticamente decorativas a las instituciones mediadoras donde se expresa la pluralidad política. Me refiero al Congreso. El referéndum tiene que ser una fórmula extrema y complementaria de la democracia representativa, no una catapulta para desgastar aún más al circuito representativo.
El proceso legislativo es lento, difícil, laborioso, porque traduce fielmente la pluralidad ideológica. La esencia de la democracia representativa es identificar soberanía popular con mayoría legislativa. Pueden existir, para distintos tipos de decisiones, diferentes tipos de mayoría: simple, absoluta o calificada. Puede uno, excepcionalmente, sustituir la mayoría calificada de la democracia representativa por la mayoría simple de la democracia directa: eso es el referéndum constitucional.
No es fácil conciliar el derecho de las mayorías a decidir con el derecho de las minorías a discrepar. Es el viejo problema de la democracia representativa: cómo establecer reglas para que unos pocos, en nombre de algunos, gobiernen a todos.
Para resolver esa encrucijada se necesita garantizar que la mayoría hecha gobierno no obstruya la posibilidad de la alternancia política, que es la esencia del respeto a las minorías. Si ningún partido tiene mayoría es porque el electorado no quiere darle demasiado poder a nadie. Y si diversos partidos minoritarios no logran ponerse de acuerdo es porque carecen de cultura democrática. Pero eso es una doble falacia. No existe una voluntad ciudadana abstracta independiente de reglas electorales concretas. La voluntad del electorado define qué mayoría particular se constituye, no cómo se construyen en general las mayorías. Por otro lado, los partidos políticos existen para ganar elecciones y llegar al poder y sólo se ponen de acuerdo con partidos opuestos si eso les ayuda a ganar elecciones para llegar al poder.
Siempre está la posibilidad de construir mayoría a través de la negociación y el acuerdo. Existe hoy una contradicción entre sistema electoral y sistema de gobierno. Entonces hay que definir: o me quedo con el primero y cambio el segundo, o me quedo con el segundo y cambio el primero. Una cosa son las mayorías electorales y otra son las mayorías parlamentarias. Son dos fenómenos distintos que responden a factores y lógicas distintas. Se puede crear mayorías electorales y no tener mayorías parlamentarias. Se puede crear mayorías electorales antes de las urnas (coaliciones) o en las propias urnas (el voto mayoritario a un partido) pero después no traducirse en coaliciones al interior del Congreso.
La discusión es cómo se construye la mayoría. Uno, operar sobre el sistema de partidos, intentar diseñar un sistema bipartidista que por definición genera mayoría. La otra fórmula es la de otorgar por ley la mayoría absoluta en el Congreso a quien obtiene la mayoría relativa de votos en las urnas. Creo que la representación en el Congreso debe mantener una correlación lo más exacta posible entre votos y escaños. Si la solución no es excluir partidos ni artificialmente convertir a una mayoría relativa de votos en una mayoría absoluta de representantes, hay que operar sobre el sistema de gobierno para facilitar la edificación de una mayoría.
Estoy en contra de la retórica que ha puesto en pie las candidaturas independientes: esa confrontación entre ciudadanos y políticos, en donde los ciudadanos serían los portadores de los valores positivos y los políticos de los valores negativos. Nos vamos a encontrar con que los candidatos independientes son partidos que no dicen su nombre. Pensemos en los candidatos independientes a la presidencia de
El sistema presidencial tiene ese problema; se requiere el acuerdo de dos poderes para procesar las decisiones.
Los temas de referéndum, plebiscito, iniciativa popular, pueden ser procesados y ojalá no se sobrevenda la idea de que nos van a resolver los problemas de gobierno. Ésas son fórmulas que pueden ser adicionales a la democracia representativa, que pueden ser utilizadas de vez en vez, pero que no pueden ni deben sustituir los mecanismos de la democracia representativa.
Madison lo dijo bien: el Congreso debe ratificar a los miembros del gabinete pero sólo el presidente puede nombrarlos y removerlos: no debe comprometerse la independencia política del Ejecutivo frente al Legislativo.
Una reforma que conciliara mejor equidad en la representación política con eficacia en la acción legislativa.
Me parece que en este país hace falta una reforma del poder, más que una reforma política: una reforma del poder que acabe con la impunidad, con los privilegios de los sindicatos, los privilegios de los monopolios, la tramitología, la incapacidad y corrupción burocráticas. Lo que urge cambiar son las instituciones económicas y de impartición de justicia, y los incentivos que generan.
Para formular un juicio sobre el desarrollo de la democracia en un país determinado no se debe hacer la pregunta ‘¿quién vota?’ sino ‘¿en cuáles asuntos puede uno votar?’. La democracia es compatible con la desigualdad, la injusticia, el cumplimiento parcial de las leyes, las mentiras y la ofuscación, un estilo político tecnocrático, e incluso con una buena dosis de violencia arbitraria. La vida cotidiana de la política democrática no es un espectáculo que inspire reverencia: una riña sin fin entre ambiciones mezquinas, retórica cuyo propósito es ocultar y engañar, dudosas conexiones entre el poder y el dinero, leyes que no pretenden siquiera ser justas, políticas que refuerzan el privilegio. No sorprende, por tanto, que después de la liberalización, la transición y la consolidación, hayamos descubierto que hay algo que todavía falta mejorar: la democracia. Como John Stuart Mill observó en alguna parte, “sin salarios decentes y alfabetismo universal, ningún gobierno de opinión pública es posible”. Mas no hay nada en la democracia per se que garantice que los salarios serán decentes y el alfabetismo universal. La solución del siglo XIX a este problema fue restringir la ciudadanía a quienes estuvieran en condiciones de ejercerla. Pero hoy la ciudadanía es nominalmente universal, al tiempo que muchas personas no disfrutan de las condiciones necesarias para ejercerla.
Los gobiernos que emanan de elecciones democráticas pueden ser: ineficientes e incapaces, corruptos e irresponsables, cortos de miras y dominados por intereses particulares. Se dio por sentado que el fin del dominio del PRI traería en automático una etapa en la que las políticas consensuadas produjeran políticas públicas que respondieran mejor al “interés público”, entendidas como aquellas que alientan el crecimiento económico, servicios públicos universales y de calidad, más justicia social, menor corrupción y sobre todo nuevas formas del ejercicio del poder. La ecuación de la democracia tiene dos lados. Conlleva y exige no sólo la representación plural sino la cooperación entre los integrantes de esa pluralidad, no sólo la clara delimitación entre las facultades de las ramas de gobierno sino su colaboración, no sólo el establecimiento de nuevas reglas de la competencia sino la disposición a respetarlas, no sólo la creación de órganos autónomos sino el compromiso de no capturarlos y acogerse a sus decisiones. Pusimos en práctica las primeras pero no las segundas.
Más que el arreglo político que define la forma de gobierno —sistemas parlamentarios exitosos y desastrosos, presidencialismos prósperos y ruinosos, multipartidismos productivos e ineficaces, gobiernos divididos en pleitos paralizantes y capaces de llegar a acuerdos— son las instituciones económicas y legales las que modelan la conducta de las elites y de los ciudadanos. Por eso habría que apostar a aquellas reformas que lleven al crecimiento económico y al fortalecimiento de la legalidad. Seguimos siendo un país de fueros y privilegios y no uno de igualdad ante la ley.
En el Estado laico mexicano,
Es a
La adopción de un niño o una niña huérfanos por una pareja homosexual no atenta contra la naturaleza. No existe en la naturaleza ninguna ley que impida o condene la protección que un ser humano desee otorgar a otro ser humano. Tampoco atenta contra la familia: tiene, por lo contrario, la intención de dar una familia al adoptado. Por último, no atenta, tampoco, contra ningún niño: tiene el objetivo de cobijarlo contra la orfandad, el abandono, la prostitución, la miseria.
El celibato sacerdotal va, también, contra

La política de Juan Pablo II frente a los sacerdotes pederastas se hizo evidente en una afirmación candorosa y terrible del cardenal Dario Castrillón, uno de sus colaboradores más cercanos. Durante un homenaje al pontífice en la Universidad Católica de Murcia, en abril de hace un año, Castrillón dijo que en 2001 había enviado una carta de felicitación al obispo francés Pierre Pican por no haber denunciado ante la autoridad civil a un sacerdote pederasta que después fue condenado a 18 años de cárcel. Aquel reconocimiento, dijo el cardenal Castrillón, había tenido el visto bueno de Juan Pablo II, quien lo autorizó “enviar la carta a todos los obispos del mundo”.
La carta del cardenal Castrillón decía: “Lo has hecho muy bien y estoy encantado de tener un compañero en el episcopado que, a los ojos de la historia y de todos los obispos del mundo, habría preferido la cárcel antes que denunciar a su hijo sacerdote”.
El obispo Pican fue condenado a tres meses de prisión por encubridor. El testimonio de Castrillón, quien durante una década fue prefecto de la Congregación para el Clero, es revelador de la política de aquellos años.
Durante todo su papado, el tercero más largo en la historia, Juan Pablo II se caracterizó por tratar de esconder los casos de los pederastas, el más llamativo de los cuales fue el de Marcial Maciel, y alentó a los obispos para que hicieran lo mismo. Nunca reconoció los hechos ni las denuncias. Tampoco pidió perdón a las víctimas y se negó a recibirlas. Ésa fue su política en la materia durante 26 años de papado.

Lector, lectora: algunos autores te ruegan que no prestes sus libros a nadie, porque, prestándolos, pones a tus amigos en condiciones de que no necesiten comprarlos, con lo cual el escritor sale perjudicado en sus intereses.
Yo, que tengo los mismos intereses que los demás autores, te ruego todo lo contrario, esto es: que prestes en cuanto lo leas el presente libro. Como la persona a quien se lo dejes no te lo devolverá, tú te apresurarás a comprar otro ejemplar inmediatamente. También ese segundo ejemplar debes prestarlo y adquirir un tercero y prestarlo; y adquirir otro más y prestarlo también…
Con tal sistema, a pocos amigos que tengas a quienes acostumbres a prestar libros, yo haré un buen negocio y te quedaré agradecidísimo.
Enrique Jardiel Poncela, Amor se escribe sin hache, 1928