Tuesday, June 05, 2012
Instrucciones para subir una escalera (fragmento)
Saturday, June 11, 2011
El insaciable
“Un hombre muy pobre se encontró con un viejo amigo que hacía milagros. El primero se quejó amargamente de su pobreza y el otro, para ayudarlo, tocó con su dedo un ladrillo que se convirtió en oro y se lo ofreció. El pobre dijo que eso era muy poco. Luego su amigo tocó una estatua de piedra que también se convirtió en oro y se la dio. El pobre volvió a decir que era muy poco. Entonces su amigo le preguntó: ‘Dime entonces, ¿qué quieres?’ El pobre contestó: ‘Quiero tu dedo’ ”.
Feng Menglong, El insaciable
Thursday, June 09, 2011
Naufragio

─ ¿No se puede hacer nada para aligerar el barco?
─ Bueno ─dijo─ ya no tiene mástiles para cortarlos, ni cargamento para tirar… Sin embargo, podría usted tirar al mar a algunos de los pasajeros más voluminosos, si cree que eso serviría de algo.
Era un pensamiento feliz, una genial intuición. Fui rápidamente a la proa, que por hallarse menos sumergida en el agua estaba atestada de gente, agarré por la nuca a un fornido y viejo caballero, lo llevé hasta el pasamanos y lo arrojé por la borda. No tocó el agua: cayó en el ápice de un cono de tiburones que surgieron del mar a su encuentro. Enseguida arrojé a una mujer y lancé un bebé regordete a los vientos feroces. La primera desapareció entre los tiburones, igual que el viejo, y al segundo se lo dividieron las gaviotas.
Narro estas cosas exactamente como ocurrieron. Sería muy fácil hacer una muy buena historia con todo este material: contar, por ejemplo cómo, mientras yo aligeraba el barco, me sentí conmovido por el ánimo generoso de una bellísima joven quien, para salvar la vida de su novio, empujó a su madre hacia donde yo estaba, implorándome que me hiciera cargo de la vieja dama pero que me compadeciera de su querido Henry. Podría continuar divulgando cómo no sólo no me hice cargo de la vieja dama, según la petición de su hija, sino que de inmediato agarré al querido Henry y lo lancé a sotavento lo más lejos que pude. Podría proceder a declarar que, ya apaciguado, me robé el bote grande y, tomando a la bella doncella, me alejé del barco hacia la iglesia de Santa Masacre, en las islas Fiji, donde nos unió un nudo que luego deshice comiéndomela.
Pero de verdad nada de esto ocurrió, y no puedo darme el lujo de ser el primer escritor en contar una mentira sólo para interesar al lector.
Ambrose Bierce, Una colección de naufragios
Wednesday, December 23, 2009
Navidad (con Henry Miller)
Monday, December 07, 2009
La vida marital de Blancanieves
¿Qué pasaría si un punto final de un cuento no fuera más que un punto aparte y la historia continuara? cómo sería la vida marital de Blanca Nieves
La vida no había sido fácil para la familia Robles.
Blancanieves arrastraba la desgracia desde la temprana edad de quince años, a la muerte de su madre, con el odio de su madrastra. Y los refugios a las intemperies del destino no la habían vuelto más afortunada a la hora de iniciar una relación estable con el príncipe Robles.
La prolongada convivencia de Blancanieves con los siete enanos había desatado en el pueblo una serie de habladurías que tardaban en diluirse.
En los primeros meses, embriagado de amor, el príncipe no reparó en el pasado de Blancanieves. Pero con la saciedad de los sentidos y el asomar de la rutina, los diálogos derivaron hacia penosas recapitulaciones.
La joven primero intentó responder con calma. Pero al ver que su marido no hacía más que enfurecerse, estalló en lágrimas. Al príncipe esto le pareció una confesión de culpa.
Blancanieves siguió clamando inocencia, hasta que Adalberto, poseído por una súbita lujuria, resignó sus demandas.
El sexo y el amor no eran para ella asuntos plácidos: su desdicha había comenzado cuando su padre se enamoró, por lujuria, de su madrastra.
Siete veces la interrogó el príncipe, furibundo, extralimitado; hasta que Blancanieves le sugirió concurrir juntos a un mago que leía el pasado y el futuro, sin revelar sus identidades. El mago confirmó, tal como el príncipe había comprobado, y como Blancanieves aseveraba, que la joven se había casado virgen. Que de la cuna al ataúd, y del ataúd a la cama nupcial, ningún otro cuerpo había yacido sobre el de Blancanieves más que el cuerpo del príncipe.
Por un tiempo pareció Adalberto aplacarse, pero a los pocos meses evocó otro actor de aquel drama: el cazador al que la reina-madrastra había ordenado ultimar a la joven.
—¿Por qué te perdonó? — cuestionó Adalberto.
—Se apiadó de mí —respondió Blancanieves, esta vez temiendo el temporal desde el inicio—. Yo era muy joven.
—Sí, muy joven —gritó el príncipe—, muy joven y muy puta… ¡Consiguió el corazón y el hígado de un cervatillo…! Pero yo sé bien lo que significa eso, que te desvirgó… ¡y de la peor manera!
—¡No! ¡No! —gritó Blancanieves—. Yo llegué pura a ti. Ese hombre solo me perdonó…
— "Ese hombre", ¿así lo llamas? "Ese hombre". ¿Qué le diste a cambio de que te perdonara la vida? ¡Tenías quince años, tu madrastra te envidiaba por tu belleza! ¡El cazador por fuerza debió pedirte tus primicias a cambio de tu vida!
—¡Te lo juro! —lloró Blancanieves—. ¡Solo se apiadó de mí!
—¡Pero no de tu virginidad!?
De haber tenido hijos, ella lo hubiera jurado por sus hijos. Pero ahora no tuvo más remedio que arrodillarse e intentar calmarlo como había creído entender.
Arribaron a un remanso de calma cuando Blancanieves quedó embarazada. La primera niña reconcilió al príncipe con su esposa. No era pasión, pero ambos profesaban por la primogénita un amor paternal que los unía. El príncipe quiso de inmediato asegurar la sucesión con un hijo varón.
Aliviada de haber encontrado en la maternidad un antídoto a los arranques enfermizos de Adalberto, Blancanieves recurrió a las artes de las mujeres para quedar embarazada a repetición.
El príncipe comenzó a alejarse del hogar, al punto de dormir en otros sitios para no soportar el castigo de amanecer en familia.
Si llegaba al mediodía, aprovechaba que los niños se hallaban con nodrizas e institutrices y se arrojaba a dormir, como si no hubiera dormido la noche anterior. No hablaba con su esposa. Cuando ella le preguntaba qué le pasaba, él respondía que se encontraba perfectamente hasta que Blancanieves lo hartaba con sus preguntas.
Una tarde Blancanieves se acercó a su marido, durmiendo la mona en la cama matrimonial, para despertarlo con caricias de esposa audaz, buscar el atajo perdido a su corazón. Pero en cuanto acercó la boca al cuello, descubrió un olor que la paralizó.
Primero no lo reconoció, y luego no lo pudo creer.
Corrió al establo y eligió la yegua más veloz. De haberla visto, ninguno de los siervos hubiera podido atestiguar que se trataba de ella: jamás había montado ese animal montaraz, y el modo en que lo llevaba por la llanura era más propio de un mensajero real, incluso de un soldado, que de una delicada ama de casa. Pero nadie la vio perderse en el final del mediodía.
Encontró el sendero que solo ella y su marido conocían, revelado por un mago ya muerto. Al final del pasadizo, protegido por maleza y alimañas, se hallaba la cueva. Lo que el matrimonio había llegado a llamar Museo.
Blancanieves apartó la maleza a machetazos. A un costado se hallaban, en formol, en un frasco, el hígado y el corazón del cervatillo, los sucedáneos de sus propios órganos, el truco que le había salvado la vida. En otro frasco de formol, mucho más pequeño, la manzana envenenada: separado el trozo que había quedado atorado en su garganta. El ataúd en el que había reposado, como muerta, hasta que el príncipe lo reclamó, tropezó y azarosamente logró liberarla del trozo de manzana envenenada. También las zapatillas de hierro, aquellas en las que obligaron a bailar a la malvada madrastra, al rojo vivo, hasta que murió con los pies en brasas.
Pero otro era el objeto que buscaba Blancanieves. Corrió al fondo de la cueva, tomó una piedra filosa y comenzó a cavar con ella. Sudó profusamente y la tierra se le adhirió al rostro. Cavaba con tesón, pero también con cuidado: no quería romper el tesoro. Finalmente asomó el marco. "¡Sí!", gritó para sus adentros Blancanieves.
Allí estaba, recubierto de un moho que lo volvía inocuo (remedio procurado por el fallecido mago), el espejo que había acompañado a la madrastra malvada hasta el último día de abominación. El espejo que había revelado la belleza superior de Blancanieves, que la había denunciado viva cuando la creían muerta. Ahora era suyo. Extrañamente, la única herencia que le había dejado aquella arpía.
Blancanieves quitó el moho con las mangas de su propio vestido. Las humedeció con saliva y siguió limpiando hasta que el espejo volvió a relucir. Escuchó el inequívoco sonido de que el objeto mágico revivía.
— Espejito, espejito —preguntó—, ¿quién hace más feliz a mi marido?
—Tú —comenzó el espejo, para gran alegría de Blancanieves; pero en cuanto estaba la joven por llorar de dicha, el espejito siguió:— le das calma, un hogar, eres la madre de sus hijos… Pero mi antigua dueña le brinda perversiones, le entrega lo que tú no sabes, y lo mantiene atado a su cuerpo con un fuego que desconoces.
Y en el mismo espejo se reflejó la imagen de su marido, el príncipe Robles, detrás de la malvada madrastra desnuda, con un cuerpo sorprendente para su edad. Pero no era el cuerpo lo que más destacaba en aquellas escenas insufribles, ni lo que derretía a su marido como no habían derretido las zapatillas incandescentes a la bruja, sino la expresión del rostro, su actitud maliciosa, su perdición… Adalberto se rendía como no lo había hecho siquiera en los primeros días de su amor.
Blancanieves destrozó el espejo contra la piedra filosa, pero recordó que ya su madrastra lo había roto, sin consecuencias. Aparentemente, nada terminaba en aquel reino: ni las vidas ni los objetos. Nada se rompía ni moría. Pero nada era bueno ni feliz. Se lanzó en una nueva loca carrera en la yegua salvaje, hacia el sitio que el espejo le había mostrado.
Encontró a los amantes entrelazados, su marido y la bruja.
—¡Pero tú estabas muerta! —gritó, ya resignada, sin escándalo, Blancanieves.
—Tú también —replicó la bruja—. ¿De verdad pensaban que un poco de calor en los pies podía terminar conmigo?
La bruja le mostró sus nuevos pies: eran prótesis de una extraña porcelana, que le permitía una movilidad bastante realista de cuatro dedos de cada pie.
El matrimonio no terminó. Blancanieves le permitió a su marido visitar a la bruja cuantas veces quisiera, con su anuencia. Se lo permitía como cualquier esposa le permitiría al esposo salir a beber algo con los amigos o a pescar. A los pocos meses, la bruja le resultaba tan aburrida a Robles como la propia Blancanieves. Pero Blancanieves contrató más institutrices y nodrizas, y dedicó las noches a dormir a solas con su marido, y los días a despertar a solas con su marido. Y desplegó sus trucos en el amor, y ella misma terminó por convencerse de que también le gustaban. Y en cuanto estuvo segura de que su marido ya no pensaba en la bruja, contrató a un sicario y mandó a decapitarla. No cometió el error de pedir sus órganos: exigió la cabeza y los pies de porcelana. Y los tuvo.
Nunca más consultó al espejo; que aún aguarda enterrado: roto o entero, ¿quién puede saberlo?
Sunday, October 18, 2009
Consejos para comprar un cuadro
Sunday, September 20, 2009
iluminada
Friday, July 25, 2008
¿Cuántos taxis hay?

Pues bien, si miramos los taxis ocupados que circulan por la calle, podemos preguntarnos, para empezar, cuántos están transportando a pasajeros que llevan consigo maletines con cien mil pesos en efectivo. Necesariamente tienen que ser muy pocos. La generalización de la operatoria financiera mediante cheques, tarjetas y transferencias ha vuelto bastante anacrónica la manipulación de billetes. Yo nunca he subido a un taxi (ni a ninguna parte) con esa cantidad de dinero encima, ni conozco a nadie que lo haya hecho, pero hay que admitir que existe gente que lo hace. Aun dejando de lado lo ilegal o delictivo, puede tratarse de empleados de grandes empresas que pagan los sueldos en efectivo, o gente que hace alguna operación inmobiliaria, o una inversión bursátil. Digamos, quedándonos cortos, que uno de cada mil pasajeros de taxis lleva esa cantidad encima. Ahora, tomando ese universo restringido, preguntémonos cuántos de esos pasajeros que viajan en un taxi con cien mil pesos en un maletín pueden dejárselo olvidado. Si fuera yo, no me lo olvidaría, ya fuera mío el dinero, ya fuera ajeno (no sé en qué caso me cuidaría más). Realmente es el colmo de la distracción. Hoy día, digan lo que digan, no hay nadie indiferente al dinero, sobre todo tratándose de grandes cantidades. De modo que bien podría calcularse que no más de uno de cada mil pasajeros que toman un taxi con cien mil pesos se los dejan olvidados. Quizás sea más que uno, por ese conocido mecanismo psicológico que hace que cuanto más se preocupe uno por algo, peor le sale.
Pues bien, tomando el universo ya muy restringido de los taxis en los que alguien se ha olvidado esa enorme cantidad de dinero, queda por calcular cuántos taxistas tendrán el gesto de suprema honestidad de localizar al dueño y devolvérsela. Esto ya es más delicado, y supongo que el calculo se inclinará según la idea que se haga cada uno de la naturaleza humana. Hay quienes dirán que nadie es tan honesto; otros pensarán que ésa es una idea abstracta, y que puestos en el trance de la circunstancia real, la mayoría optará por quedar bien con su conciencia. Por mi parte, no sé qué pensar; nunca me he visto en la alternativa, nunca me he probado y no sé cómo pasaría la prueba de la realidad. Nadie es taxista por gusto; por lo menos no lo es toda la vida. Es un trabajo duro. Pesando los pros y los contras, yo diría que, en promedio, de cada mil taxistas puestos en la disyuntiva, uno devolvería el botín, y los otros novecientos noventa y nueve no.
Obtenidos estos números, invirtiendo el proceso, se obtiene la cantidad de taxis necesarios para que se dé un caso de que un taxista honesto devuelva los cien mil pesos olvidados en su vehículo por alguien que viajaba en él con esa cantidad encima. Como el caso se da en la realidad, y con bastante frecuencia, el resultado es mil millones (se lo obtiene de multiplicar mil por mil por mil). Con lo cual queda respondida la pregunta inicial. En la ciudad hay mil millones de taxis. Es decir, a la vez los hay (por la persuasión del cálculo) y no los hay (¿cómo iba a haber mil millones de taxis en una ciudad de 5 millones de habitantes?). Lo que nos demuestra que todo en la vida es simultáneo.
Tuesday, July 22, 2008
Violencia doméstica: El avaro
Pero cuando llegaron al rancho el hombre sacó otros mil pesos de su bolsa y los puso dentro de un baúl:
-“Por si se ofrece que te descalabre otra vez”- dijo a su mujer.
Desde entonces ella siempre le tuvo a tiempo la comida.